Aurora

Sobrecogida, Bulunga mira el enorme resplandor de fuego verde que acaba de aparecer en el cielo, cruzándolo de oeste a este. Una dilatada franja de luz serpentea lentamente con pequeñas llamaradas aquí y allá cada vez más intensas. Las rodillas de Bulunga, que se ha detenido y ahora contiene la respiración, se doblan sin que ella misma se dé ni cuenta, y cae sentada en el camino de tierra entre las plantas de tabaco. Tiembla entre el terror y la fascinación, pensando que el fuego debe de ser un dios que viene a pedirle cuentas, furioso por sus constantes plegarias de libertad. «Si esto es el final, espéralo aquí sentada al fresco, mami», se dice a sí misma mientras le castañetean los dientes sin control.

Debe de hacer casi veinte años que Bulunga llegó a Cuba en un barco de esclavos, entonces todavía dentro del vientre de su madre primeriza, a quien no le había extrañado sentir náuseas constantes durante el viaje entre la pestilencia de los cuerpos amontonados, algunos vivos, otros no; con la mayoría de los vivos, mareados por las olas y vomitando sin parar. Bulunga nació en 1840, en el barracón de esclavos de una plantación de tabaco cercana a Guantánamo y tuvo que aprender a cuidar de sí misma desde muy pequeña, pues su madre murió dando a luz al cuarto hijo bastardo de su señor cuando ella solo tenía ocho años. Ya entonces, Bulunga era la más fuerte de todos los niños de la hacienda y también la más valiente. Su madre, hija del líder espiritual de una aldea al sur de Senegal, siempre le había hablado de la fuerza titánica de los fetiches y, antes de morir, le había enseñado todos los secretos ancestrales y cada uno de los ritos que conocía para hablar con los dioses.

Ya ha anochecido por completo y las llamas ahora se tiñen de vivos rojos y azules, a veces verdes de nuevo, y reptan cada vez más gigantescas entre las estrellas. Bulunga le habla al amuleto que cuelga de su cuello, un atadillo de plumas de faisán y otras cosas entre sus dedos sudorosos, al que tantas veces le ha rogado que le dé un par de alas para volar libre. Lo besa y le pide perdón mil veces por haber sido tan exigente mientras se estremece de miedo y solloza.

Cuando tenía doce años, Bulunga le plantó cara a su señor por primera vez un día en que éste, al pasar por su lado, le agarró los pechos que ya le empezaban a sobresalir del cuerpo. Su rebeldía le costó veinte latigazos, una semana sin comer y, por supuesto, yacer bajo el cuerpo blanco y enorme de su dueño. En los días que siguieron, ella se lamió las heridas con calma y emprendió un plan con la determinación de quien sabe que vencerá, rezándole al fetiche cada noche, pidiéndole justicia y exigiendo venganza. Desde entonces Bulunga supo que los dioses estaban de su lado y la acompañaban en sus desdichas, ya que su señor murió repentinamente unos días después y a ella, convencidos todos de que estaba maldita, la vendieron a otra plantación cercana.  Matar a un esclavo era un gasto inútil, era mucho mejor sacarle unos cuantos pesos. Al fin y al cabo, era una ejemplar joven y fuerte, valía tanto para el campo como para la cama.

Bulunga ha estado tan absorta mirando las luces del cielo que no ha oído los pasos que vienen por el camino y ahora el peligro es otro, y mucho más inminente. Nunca deja que la oscuridad la atrape de camino al barracón, pero hoy la noche y sus misterios la han retenido entre las plantas de tabaco. Varias decenas de antorchas vienen rápido en su dirección y ella se levanta de un salto como un gato, pero ya la han visto y es inútil correr; oye sonidos metálicos y sabe que vienen armados. Varios individuos, cuyos rostros no ve en las sombras, se detienen junto a ella y discuten en susurros. Bulunga oye entre ellos algunas voces de mujer. De pronto, alguien se le acerca y ella recula.

–¿Y tú qué haces aquí? ¿Es que no sabes que los señores cazan muchachas por las noches en los campos? –le pregunta. Es una mujer negra y va uniformada.

Bulunga no contesta y la mira desafiante mientras agarra con fuerza el fetiche.

–¿Tienes hijos?

–No –contesta ella rabiosa.

–Entonces te vienes con nosotros –concluye, mientras la agarra del brazo y tira de ella. Bulunga se zafa como una fiera y la mujer le espeta– ¿Qué pasa? ¿Prefieres quedarte aquí con tu señor? Nosotros no tenemos señor, nosotros luchamos contra los señores y contra la reina. Queremos nuestra Cuba libre de tiranos. Pero si te quieres quedar a parir a hijos esclavos, tú misma.

Bulunga poco sabe de la reina, pero sí que sabe de señores, de barracones, de latigazos y de hambre. Mira hacia arriba y las luces la retan violentas desde el cielo. Los dioses han oído sus plegarias y le ofrecen dos caminos. Ella escoge la lucha y sale corriendo tras la mujer que, aunque sigue a sus compañeros, se ha quedado rezagada como haciendo tiempo.

–¿Cómo te llamas? –le pregunta. –Yo soy Bulunga.

La mujer le contesta.

–Soy la oficial Aurora Bores.


Nota aclaratoria

El 1 y el 2 de Septiembre de 1859, la tormenta solar más potente registrada en la historia afectó a la mayor parte del planeta. Las líneas telegráficas de los Estados Unidos y el Reino Unido quedaron inutilizadas, y se provocaron cortes de luz e incendios en todo el mundo. Además, una impresionante aurora boreal, fenómeno que normalmente solo puede observarse desde las regiones árticas, pudo verse en lugares tan alejados entre sí como Roma, La Habana o Madrid.

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By Kristian Pikner (Own work) [CC BY-SA 4.0 (http://creativecommons.org/licenses/by-sa/4.0) ], via Wikimedia Commons.

4 comentarios en “Aurora

  1. Querida Pannonique: lo más destacable de Bulunga es que es conciente de su condición de esclava. Lo que más me preocupa del hoy por hoy es la inmensa cantidad de esclavos que se creen libres.

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