My first world problems

Soy casi feliz.

Y podría serlo plenamente si no fuera porque los que gobiernan el país donde nací me han obligado al exilio, además de relativizar mi destierro calificándome de aventurera; si el cincuenta y dos por ciento de los habitantes de esta isla que ya no quiere ser Europa, que es mi país adoptivo, no me repudiase; si los atentados terroristas cada vez más frecuentes, donde mueren miles de personas a lo largo y ancho del planeta, no se utilizasen como excusa para demonizar a los países musulmanes; si no llorásemos solo a las víctimas del norte y los del norte no levantásemos muros físicos o invisibles a los que huyen del horror, fomentando un odio que crece exponencial; si no me sobrecogiese ver sucesos espeluznantes, a veces a tiempo real, como cuando doscientos civiles desarmados sacrificaron sus vidas contra el ejército turco por obedecer al diabólico Erdoğan; si no fuera porque los posts solidarios de Facebook establecen categorías de víctimas, haciendo tangible nuestra ignorancia, pues aunque denunciemos la guerra en Siria olvidamos muchas otras, como la de Yemen.

A veces las circunstancias duelen demasiado como para autoproclamarme feliz y me aturrullan mis propias frustraciones y tantas desgracias ajenas.  Pero nadie muere de frustración ni de compasión severa, así que modero mis aflicciones y quejas.

Me quito la obscena toga de mártir. Al fin y al cabo, soy casi feliz.

13 comentarios en “My first world problems

  1. Los budistas dicen que la felicidad (entendida como bienestar) es algo que se irradia desde dentro hacia fuera, que es algo que está en nosotros, un estado de la mente, una decisión nuestra. Yo diría una forma de militancia.
    Concuerdo con ellos en eso, creo que debemos fortalecernos en nuestro bienestar porque es la única manera de encarar a una Humanidad que se acerca a un momento de su historia donde se cierne su extinción como un fantasma nada hipotético.
    Ser feliz pese a todo no implica ser un ignorante del sufrimiento ajeno, al contrario, sucede que sufriendo también nosotros no hacemos ninguna diferencia. Haciendo un per saltum del mundo budista al del pensamiento nacional argentino, bien viene presentarte a Don Arturo Jauretche quien dijo:

    “Nada grande se puede hacer con la tristeza. Desde la ciencia al deporte, desde la creación de la riqueza a la moral patriótica, el tono está dado por el optimismo o por el pesimismo. Nos quieren tristes para que nos sintamos vencidos y los pueblos deprimidos no vencen ni en la cancha de fútbol, ni en el laboratorio, ni en el ejemplo moral, ni en las disputas económicas… Por eso, venimos a combatir alegremente. Seguros de nuestro destino y sabiéndonos vencedores, a corto o a largo plazo”

    De más está decir mi admirada Pannonique, que leerte es de lo mejor que me pasó en la blogósfera

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    1. ¡No nos queda otro remedio que militar en la felicidad! Y tratar de contagiarla para contrarrestar tanta desgracia. Qué sabias palabras las de Arturo Jauretche. Y qué bonitas las tuyas, Mariano. No sé si merezco tanto, pero agradezco muchísimo tu comentario lleno de cariño. ¡Un abrazo desde el norte!

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      1. Umberto Eco dijo alguna vez que los grandes medios bombardean a las personas con tragedias que suceden en todo el mundo dejándolos en un estado de azoramiento, de impotencia: con el convencimiento de que hagan lo que hagan la cosa seguirá tan mal como siempre.

        El monje Mathieu Ricard cuenta en su libro «En defensa de la felicidad» este cuentito (versión libre mía):

        «Luego de una gran tormenta, dos personas caminan por la playa. La arena está llena de estrellas de mar varadas que las aguas embravecidas tiraron en la orilla. Uno de ellos a medida que avanzan va tomando las estrellas que están a su alcance y devolviéndolas al mar.
        El otro lo observa sin decir nada un largo trecho hasta que le dice:
        -Eso que hacés es inútil, no haces ninguna diferencia salvando unas pocas: son muchas más las que se mueren.
        Entonces el primero, mostrándole la estrella que acaba de tomar en sus manos le responde:
        -Para esta estrella sí hago la diferencia.
        Y la lanzó al mar»

        Esa es una buena cosa para combatir la falta de felicidad: olvidarse de las grandes gestas y centrarse en lo que está a nuestro alcance hacer. A medida que hacemos, avanzamos, a medida que avanzamos llegaremos más lejos.

        Abrazo grande desde Buenos Aires, la ciudad que le da las espaldas al río

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