My first world problems

Soy casi feliz.

Y podría serlo plenamente si no fuera porque los que gobiernan el país donde nací me han obligado al exilio, además de relativizar mi destierro calificándome de aventurera; si el cincuenta y dos por ciento de los habitantes de esta isla que ya no quiere ser Europa, que es mi país adoptivo, no me repudiase; si los atentados terroristas cada vez más frecuentes, donde mueren miles de personas a lo largo y ancho del planeta, no se utilizasen como excusa para demonizar a los países musulmanes; si no llorásemos solo a las víctimas del norte y los del norte no levantásemos muros físicos o invisibles a los que huyen del horror, fomentando un odio que crece exponencial; si no me sobrecogiese ver sucesos espeluznantes, a veces a tiempo real, como cuando doscientos civiles desarmados sacrificaron sus vidas contra el ejército turco por obedecer al diabólico Erdoğan; si no fuera porque los posts solidarios de Facebook establecen categorías de víctimas, haciendo tangible nuestra ignorancia, pues aunque denunciemos la guerra en Siria olvidamos muchas otras, como la de Yemen.

A veces las circunstancias duelen demasiado como para autoproclamarme feliz y me aturrullan mis propias frustraciones y tantas desgracias ajenas.  Pero nadie muere de frustración ni de compasión severa, así que modero mis aflicciones y quejas.

Me quito la obscena toga de mártir. Al fin y al cabo, soy casi feliz.

Distopía

Aquella mañana Siri había hecho el descubrimiento más insólito de su carrera como escritora. Mientras hacía limpia en la oficina, se había topado con un folleto de hacía varios siglos que anunciaba un extraño certamen literario. Fascinada por el hallazgo y aprovechando que trabajaba en los archivos del estado, anduvo investigando en arcaicos manuales humanoides aquel género literario recién rescatado del olvido. No fue fácil recavar información sobre ello y, de hecho, estaba segura de que en su búsqueda había infringido varios artículos de la Ley de Desmemoria Histórica. Sin embargo, cuando por fin encontró la definición de aquella palabra, ésta le había generado unas veinte preguntas más. De camino a casa, reflexionó sobre cuál podría haber sido la motivación de aquellos extravagantes autores para escribir unas historias tan pesimistas. Nada sabía Siri de que la civilización humanoide un día había prosperado en la postmodernidad bostezando, melancólica de infortunios y suspenses, sumida en el más perfecto aburrimiento.

Esa misma tarde por fin, tras largos meses de sequía creativa, una bombilla se iluminó literal dentro de su cabeza y, con dedos metálicos, tecleó inspirada el comienzo de una nueva novela. Ésta sería distópica. «La volátil raza humana se ha sublevado y ha escapado de los campos de concentración donde lleva confinada más de quinientos años. La paz de la era robótica ha llegado a su fin.»

Metropolis
Fotograma de Metrópolis, Fritz Lang, 1927. Dominio público.

 

Potoya mañana será republicana

Potoya quiere ser una princesa cuando sea mayor, de esas que salen en su libro de cuentos. Fantasea con ser blanca y perfecta como Blancanieves, con tener el pelo larguísimo como Rapunzel, con dormir hermosamente y que la despierten con un beso de amor como a Bella. Por las noches, sueña que un príncipe muy guapo la defiende con su espada del monstruo que la acecha en su habitación, ese perchero con cabeza de oso de peluche, que con las batas colgando se transforma en un fantasma que la mira desde la oscuridad de madrugada.

A veces ni siquiera necesita soñar muy fuerte, pues la gente mayor le dice que es tan guapa y encantadora como una princesa y ella confía en que un día vendrá el hada madrina a transformar, con su varita mágica, en carroza su bicicleta y en vestido de terciopelo su uniforme, para ir a la feria a montarse en un corcel del tiovivo. Así que Potoya está convencida de que esto de ser princesa se le da fenomenal; es toda una experta. Su prima Mariquina, que también ansía pertenecer a la corte y casarse con un príncipe, siempre anda pidiéndole consejos.

–Siéntate aquí a la sombra, Mariquina, que si sudas ya no eres una princesa –le explica Potoya petulante–. Además, las princesas tienen la piel muy blanca, así que tenemos que quedarnos aquí bajo la sombrilla, bien quietitas. Tienes que sonreír, las princesas sonreímos todo el rato, y trae el cepillo, que nos vamos a cepillar el pelo para que nos crezca más rápido.

Mariquina obedece, siguiendo a rajatabla las directrices que le marca Potoya, la princesa mentora. Al menos lo hace durante medio minuto, hasta que pasan dos gatitos jugando y Mariquina sale corriendo tras ellos, sudorosa bajo el sol. Potoya entonces se lleva el dorso de la mano a la frente muy teatral, en señal de reprobación, y se dice a sí misma que esto de pertenecer a la realeza implica bastante soledad y sacrificio.

Más tarde, durante la comida, el abuelo parece enfadado por algo que están diciendo en el telediario. Comenta que van a meter en la cárcel al marido de la infanta por estafador y que a ella deberían encerrarla también por mentirosa, pero que no lo van a hacer porque es la hermana del rey. «Menudos sinvergüenzas son los dos», concluye. Potoya da un brinco; si es hermana del rey, entonces debe de ser una princesa, piensa. «¡Pero cómo van a meter en la cárcel a una princesa!» exclama con los ojos de par en par. Mira a la señora rubia de la tele que está muy seria y ojerosa, y no lleva ningún vestido ni tiene el pelo largo. Potoya no comprende nada y ahora mira inquisitivamente a su madre que se está percatando de la tragedia que se avecina y se debate, por unos segundos, si explicarle a su hija la diferencia entre una infanta y una princesa o dejar este tema para otro día.  Al fin y al cabo, lleva ya tiempo preocupada por la obsesión que tiene Potoya con las princesas y no ha sabido hasta ahora cómo abordar esta cuestión con ella.

–Mamá, ¿Qué le pasa a esa princesa? Es que aún no ha venido el hada madrina a ponerla guapa con su varita?

–Potoya, mi amor, las princesas de verdad no son como en los cuentos. Las hay guapas, las hay normales e incluso seguro que también las hay feas. Hay princesas que son buenas personas y otras que mienten, roban y hacen cosas malas. Algunas se casan con príncipes apuestos y otras lo hacen con señores que acaban en la cárcel y casi las arrastran a ellas al calabozo también.

–Y entonces es cuando viene el príncipe de verdad y ella le tira su pelo desde la ventana del calabozo para que escale y la rescate, ¿no? –dice Potoya aún sin querer comprenderlo.

–No, cariño, si a la princesa de la tele la metieran en la cárcel, no habría príncipe que quisiera rescatarla. Se quedaría encerrada hasta que cumpliese su condena.

Potoya se queda suspensa, con la mirada decepcionada de quien acaba de aprender una verdad universal y cruel por primera vez.

–Pero cariño, con todas las cosas que podrías ser de mayor, ¿Por qué quieres ser princesa? –le pregunta al verla hacer pucheros.

–Porque las princesas son guapas y se casan con los príncipes que también son guapos y luego se hacen reinas y mandan a todo el mundo. Y yo quiero que todo el mundo me obedezca y haga lo que yo quiero –dice atropelladamente ya entre lágrimas, hipos y mocos.

Su madre, haciendo ahora un esfuerzo sobrehumano por contener la risa, la consuela con un abrazo y la sienta sobre sus rodillas. El resto de la familia que está sentada a la mesa estalla en una carcajada al unísono.

–Potoya, escúchame, las princesas no mandan nada, ni tampoco lo hacen las reinas por norma general. Son los reyes los que mandan y las reinas obedecen también al rey. Si quieres mandar y que te obedezcan sería mejor que fueras alcaldesa, o presidenta del gobierno… ¡o de la república! –se le ocurre de repente.

–¿Y qué hay que hacer para ser presidenta de la red pública?–pregunta Potoya sorbiéndose los mocos.

–De la república –silabea su madre y Potoya vocaliza en silencio. –Pues hay que estudiar muchísimo y leer todos los días, pero no solo cuentos de princesas sino también otros libros sobre otras cosas. Te prometo que esta semana iremos a la biblioteca a coger prestados otros cuentos diferentes, ¿quieres? –Potoya asiente, ya más calmada.

Durante la siesta, la madre la escucha hablar sin parar desde el salón y, como no ve a ningún otro niño alrededor, deduce que deben estar todos en la habitación con ella. Presa de la curiosidad y un poco preocupada por la crisis existencial que su hija ha sufrido al mediodía, decide asomarse por una rendija. Potoya está de pie sobre la cama y el resto de los primos están sentados en el suelo frente a ella.

–La presidenta de la repúbica os ordena a todos que os metáis el dedo en la nariz y os saquéis un moco. –todos obedecen– La presidenta de la repúbica ordena que todos os comáis el moco… –dice maliciosa y Mariquina se resiste– Vamos, Mariquina, que si no te lo comes tendrás que saltar a la pata coja otra vez. –la niña obedece claramente hastiada. Los demás miran a Potoya con veneración.

La madre observa perpleja y piensa que la próxima conversación que tenga con su hija será para establecer las diferencias entre una república y una dictadura, y ésta no puede demorarse. «Arduo trabajo me espera» piensa, «será posible que la niña me haya salido franquista…»